Un relevamiento sobre ciberdelito muestra que el 24,9% de los argentinos consultados sufrió un ataque. Las redes sociales concentran el 52,3% de los primeros contactos fraudulentos y se consolidan como uno de los principales vectores utilizados para obtener datos, dinero o credenciales.
El avance de la digitalización también amplió la superficie de ataque para los ciberdelincuentes. Un relevamiento del Instituto de Seguridad y Criminología de Insight 21, de la Universidad Siglo 21, indicó que el 24,9% de los argentinos consultados fue víctima de algún ciberdelito, mientras que el 56,7% afirmó conocer a una persona cercana que atravesó una situación similar. El estudio incluyó a 1.050 personas de entre 18 y 65 años en siete ciudades del país.
Entre las modalidades identificadas, el fraude y la estafa digital representan el 41% de los casos, seguidos por la suplantación de identidad, con el 29%, y el robo de información personal o financiera, con el 14,5%.
El dato permite observar que buena parte de los ataques no requiere necesariamente vulnerar técnicamente un servidor o instalar un programa malicioso. En muchos casos, el objetivo inicial es conseguir que la propia víctima entregue información, haga clic en un enlace, transfiera dinero o facilite sus credenciales.
Por qué las redes sociales se convirtieron en un vector de ataque
Según el relevamiento, las redes sociales fueron el primer canal de contacto en el 52,3% de los casos, por delante de las llamadas telefónicas, que representaron el 28,4%. Además, las plataformas digitales concentraron el 56,2% de las estafas, el 54,8% de los robos de información financiera y el 50,7% de las suplantaciones de identidad.
Desde el punto de vista técnico, la ventaja para los atacantes está en que las redes permiten combinar comunicación directa, información pública sobre los usuarios y mecanismos automatizados para contactar potenciales víctimas. Una cuenta falsa puede hacerse pasar por una empresa, un organismo, un familiar o incluso por el titular de una cuenta comprometida.
Ese modelo se apoya en la ingeniería social, una estrategia que busca explotar el comportamiento humano en lugar de depender exclusivamente de una vulnerabilidad informática. El mensaje puede parecer legítimo y conducir a una página que imita un banco, una plataforma de pagos o un servicio conocido para capturar contraseñas, datos personales o información financiera.
El canal también varía según la edad. Entre los jóvenes de 18 a 29 años, las redes sociales aparecen como el principal medio de contacto, mientras que entre los mayores de 30 años WhatsApp ocupa un lugar predominante, con el 46% de los contactos registrados en ese grupo.
Un problema que también alcanza a América Latina
El escenario argentino forma parte de una tendencia más amplia en América Latina, donde la expansión de los servicios digitales convive con diferencias importantes en infraestructura, regulación y capacidades de ciberseguridad.
Un informe reciente citado por Infobae estimó más de 18,5 millones de ataques informáticos anuales en América Latina y señaló que solamente siete de los 32 países de la región cuentan con marcos regulatorios específicos para proteger servicios esenciales. El mismo análisis indicó que 20 países disponen de Equipos de Respuesta a Incidentes de Seguridad Informática (CSIRT).
Para los usuarios, esto significa que la seguridad ya no depende únicamente de tener un antivirus o una contraseña compleja. La protección requiere combinar autenticación multifactor, gestores de contraseñas, actualizaciones, controles sobre los permisos de las aplicaciones y capacidad para reconocer intentos de ingeniería social.
El desafío tecnológico también está cambiando. Los delincuentes pueden aprovechar herramientas de automatización e inteligencia artificial para generar mensajes más convincentes, multiplicar los contactos y adaptar los engaños a cada víctima. Al mismo tiempo, nuevas modalidades como el quishing -phishing distribuido mediante códigos QR- muestran cómo técnicas conocidas pueden trasladarse rápidamente a nuevos canales.
En ese contexto, el dato de que uno de cada cuatro argentinos encuestados ya haya sufrido un ciberdelito no refleja solamente la cantidad de ataques: también muestra cómo las plataformas digitales que concentran la comunicación cotidiana se transformaron en parte central de la superficie de riesgo.





















