Con la presentación de Magnifica Humanitas en el Vaticano, el pontífice colocó la IA en el centro de la doctrina social de la Iglesia, advirtiendo sobre sus riesgos militares, laborales, ambientales y democráticos. En ese mismo escenario, Chris Olah, cofundador de Anthropic, reconoció públicamente que las empresas de IA no pueden autorregularse y reclamar supervisión externa. Para América Latina, el debate llega en un momento crítico de adopción tecnológica sin marcos regulatorios consolidados.
El debate sobre la gobernanza de la inteligencia artificial llegó esta semana a un escenario inusual: el Vaticano. El papa León XIV presentó Magnifica Humanitas , una encíclica de más de 200 páginas que constituye el documento más extenso y sistemático que la Iglesia Católica haya producido sobre tecnología. La carta advierte sobre los riesgos militares, laborales, ambientales y políticos de la inteligencia artificial, y pide que estas tecnologías sean «desarmadas» de las «lógicas de dominio, exclusión y muerte».
Pero el momento más significativo del evento no vino del Papa sino de la propia industria tecnológica.
El cofundador de Anthropic pide lo que la industria evitó durante años
Chris Olah, cofundador de Anthropic -empresa creadora de los modelos de IA Claude-, reconoció durante la presentación de la encíclica que los laboratorios de inteligencia artificial están atrapados en incentivos que frecuentemente chocan con el interés público: las presiones comerciales, las geopolíticas y el ego o la ambición de quienes lideran estos proyectos.
La declaración tiene un peso particular si se considera de dónde proviene. Anthropic es una de las empresas de IA más activas en investigación sobre seguridad y alineamiento -es decir, en asegurarse de que los sistemas de IA actúen de acuerdo con los valores humanos y no produzcan resultados dañinos-. Sin embargo, Olah admitió que incluso cuando las compañías tienen buenas intenciones, esos incentivos terminan influyendo en sus decisiones. Por eso reclamó que la Iglesia, académicos, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil actúan como «críticos informados» de la inteligencia artificial.
En términos técnicos, esto implica trasladar parte del proceso de evaluación de riesgos -que hoy recae casi exclusivamente en los propios laboratorios que desarrollan los modelos- hacia actores externos e independientes. Es un cambio de paradigma respecto al discurso dominante en Silicon Valley durante los últimos años, que privilegió la autorregulación como mecanismo de control.
Qué dice la encíclica sobre tecnología
Magnifica Humanitas fue firmada el 15 de mayo de 2026, exactamente 135 años después de Rerum Novarum , la encíclica histórica de León XIII sobre los derechos laborales durante la Revolución Industrial. Al adoptar el nombre León XIV, el papa Robert Prevost buscó establecer un paralelismo entre aquella transformación y la revolución digital impulsada por la IA.
Uno de los capítulos más duros aborda el uso militar de la inteligencia artificial: el pontífice cuestiona la delegación de decisiones de vida o muerte en sistemas automatizados y advierte que las campañas de desinformación, los ataques cibernéticos y la manipulación masiva de datos podrían desestabilizar democracias enteras. La encíclica pone incluso en discusión el concepto tradicional de «guerra justa», al considerar que la automatización bélica introduce riesgos inéditos.
En materia ambiental, el documento señala que los sistemas de IA actuales contribuyen significativamente a las emisiones de dióxido de carbono, principalmente a través del consumo de agua y energía de los centros de datos utilizados para entrenar modelos avanzados. Para dimensionar este impacto: entrenar un modelo de lenguaje de gran escala puede consumir entre 500.000 y varios millones de litros de agua para refrigeración, además de requerir cantidades masivas de electricidad.
Sobre el futuro del trabajo, León XIV sostiene que muchos procesos de automatización podrían «desespecializar» a los trabajadores y someterlos a vigilancia constante, y reclamar políticas concretas de protección laboral y programas de recualificación profesional. El texto también denuncia las condiciones laborales en la cadena de extracción de minerales y tierras raras que sostienen la infraestructura tecnológica global.
La concentración del poder tecnológico como problema político
Uno de los pasajes más citados de la encíclica sostiene que «no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos». El Papa alerta sobre la concentración del poder tecnológico en manos de pocas empresas y pocos países, algo que considera incompatible con el bien común.
Este punto tiene especial relevancia para América Latina. La región es mayoritariamente consumidora -no productora- de infraestructura de inteligencia artificial. Los modelos que procesan datos de millones de latinoamericanos son desarrollados en Estados Unidos, Reino Unido y China, entrenados con datos que en muchos casos incluyen contenido producido en español sin que existan marcos claros sobre privacidad, consentimiento o distribución de beneficios.
Especialistas comparan el posible impacto de Magnifica Humanitas con el de Laudato Si’, la encíclica ecológica del papa Francisco en 2015, que tuvo repercusiones globales sobre el debate climático. Con cerca de 1.400 millones de fieles —buena parte de ellos en América Latina, que se concentra alrededor del 40% de los católicos del mundo—, la Iglesia suma ahora una voz institucional de enorme peso a un debate que los gobiernos latinoamericanos todavía no han logrado traducir en regulación efectiva.
La pregunta que deja abierta el evento del Vaticano no es únicamente teológica ni tecnológica. Es una pregunta de gobernanza: quién decide cómo se desarrolla, despliega y controla la inteligencia artificial. Y el hecho de que parte de la propia industria haya comenzado a reconocer que no puede responderla sola es, en sí mismo, un dato que merece atención.
