El alza sostenida en el precio de la memoria DRAM, impulsada por la demanda de los centros de datos de inteligencia artificial, está expulsando a los teléfonos de menos de 200 dólares del mercado global. Según Counterpoint Research, ese segmento podría reducirse un 40% antes de 2030. Para América Latina, donde el celular económico es la principal puerta de acceso a internet para millones de personas, las consecuencias son directas y preocupantes.

La inteligencia artificial está encareciendo los celulares baratos. No directamente, no con ninguna política deliberada de la industria, sino a través de un mecanismo de mercado que conecta los centros de datos con las cadenas de fabricación de dispositivos: la disputa por la memoria.

Según estimaciones de Counterpoint Research, los smartphones por debajo de los 200 dólares podrían reducirse un 40% para 2030, lo que equivale a 230 millones de unidades menos en circulación. El fenómeno ya está ocurriendo: la consultora Omdia proyecta que los envíos de teléfonos por debajo de los 400 dólares caerán un 22% interanual en 2026. En el mismo período, los segmentos por encima de esa barrera de precio crecerán un 5,7%.

Por qué la IA encarece los celulares

La cadena causal es técnica pero no difícil de seguir. Los grandes modelos de inteligencia artificial requieren cantidades masivas de memoria de alta velocidad para funcionar. Los centros de datos que hospedan esos modelos absorben enormes volúmenes de chips de memoria DRAM —el tipo de memoria de acceso rápido que también usan los teléfonos inteligentes— lo que reduce la oferta disponible para el mercado de consumo y empuja los precios hacia arriba.

La memoria DRAM (Dynamic Random Access Memory) es el componente que permite al dispositivo ejecutar aplicaciones en simultáneo y mantenerlas activas sin necesidad de recargarlas desde el almacenamiento interno. En un celular, es la diferencia entre poder tener varias apps abiertas a la vez o tener que cerrar y reabrir constantemente. Su precio es determinado globalmente por un oligopolio de fabricantes —Samsung, SK Hynix y Micron— que ajustan la producción según la demanda.

La firma TrendForce anticipó que los precios de la DRAM subirían otro 50% o más durante 2026, una proyección que se suma a incrementos ya acumulados en años anteriores. El impacto en la estructura de costos de los teléfonos económicos es severo: según Omdia, la memoria llegó a representar casi el 60% del total de materiales utilizados en la fabricación de dispositivos de menos de 400 dólares durante el primer trimestre de 2026.

Por qué los fabricantes no pueden absorber el aumento

En un teléfono de 700 dólares, el encarecimiento de la memoria puede compensarse ajustando otros componentes secundarios o reduciendo el margen de ganancia en la memoria mientras se cobra más por la cámara o el diseño premium. En un teléfono de 150 dólares, ese margen no existe.

Los fabricantes de celulares económicos ya operan en la estructura de costos más ajustada posible. Intentaron compensar el aumento de la memoria recortando en paneles de pantalla, sensores o módulos de radiofrecuencia más económicos, pero el margen para nuevas reducciones es mínimo. Los fabricantes chinos detectados por Omdia volvieron a utilizar paneles LTPS en modelos que ya habían migrado a la tecnología más avanzada LTPO —un ahorro de entre 3 y 5 dólares por dispositivo— y algunos están recurriendo a generaciones anteriores de procesadores o reduciendo el número de cámaras, lo que puede recortar costos entre un 30% y un 40% en esos componentes, pero no alcanza para compensar el impacto de la memoria.

La diferencia técnica entre LTPS y LTPO es relevante aquí: los paneles LTPO (Low Temperature Polycrystalline Oxide) permiten ajustar dinámicamente la tasa de refresco de la pantalla —cuántas veces por segundo se actualiza la imagen—, lo que mejora la eficiencia energética y la fluidez visual. Volver a LTPS implica pantallas menos eficientes energéticamente y con menor capacidad de ajuste de frecuencia, aunque funcionalmente aceptables para usuarios de gama baja.

El mercado reorienta la oferta: gama media y alta ganan terreno

Ante la imposibilidad de sostener los márgenes en los segmentos más baratos, los fabricantes están redirigiendo su producción hacia gama media y alta. En los teléfonos que superan los 600 dólares, el costo de la memoria representa una proporción menor del total —porque hay más presupuesto para distribuir entre el chip principal, las cámaras y el diseño— lo que da margen para absorber parte del impacto sin trasladar todo al precio final.

El resultado es una convergencia de factores que acelera la contracción del segmento económico: menor rentabilidad para los fabricantes, menor disponibilidad de modelos en las tiendas y precios más altos para los que sí llegan a los estantes. Counterpoint Research prevé que el mercado global de teléfonos no recupere el volumen de envíos registrado en 2025 hasta aproximadamente 2030, y que cuando lo haga, el segmento de menos de 200 dólares sea considerablemente más pequeño que el actual.

El mercado responde: más años de uso y más celulares usados

El encarecimiento está modificando los hábitos de consumo de maneras concretas. La vida útil promedio de un smartphone ya aumentó a 4,2 años —frente a los 3 o menos que era habitual hace media década— y se proyecta que llegue a 4,7 años antes de que termine la presente década, a medida que los usuarios postergan la renovación frente a precios que ya no les permiten actualizarse con la misma frecuencia de antes.

En paralelo, el mercado de teléfonos usados proyecta un crecimiento del 12% en el volumen de operaciones durante 2026. Es la respuesta natural del mercado cuando el acceso a dispositivos nuevos se encarece: más personas optan por comprar un teléfono de segunda mano de gama media a precio accesible en lugar de adquirir uno nuevo de gama baja con prestaciones inferiores.

La dimensión social: el riesgo para los que aún no están conectados

El impacto más preocupante no es el precio sino la exclusión. Yang Wang, analista principal de Counterpoint Research, fue directo en su evaluación: «Existe un riesgo más amplio de conectividad, ya que la pérdida de smartphones asequibles nuevos podría dificultar que usuarios primerizos en mercados de bajos ingresos logren conectarse».

La observación de Wang define con precisión el problema estructural que enfrenta América Latina. En la región, el celular de entrada —ese dispositivo de entre 80 y 150 dólares— no es un artículo de segunda categoría para un usuario sofisticado que prefiere gastar poco. Es, para millones de personas en Argentina, Brasil, Colombia, México, Perú y toda la región, la primera y única forma de acceder a internet, a servicios bancarios digitales, a plataformas educativas y a aplicaciones de salud.

Si ese eslabón desaparece o se encarece hasta volverse inalcanzable, la brecha digital que la región lleva décadas intentando cerrar podría ampliarse por razones que nada tienen que ver con la voluntad política local ni con la infraestructura de conectividad, sino con la dinámica global de la cadena de suministro de semiconductores.

Es, en síntesis, la primera consecuencia social visible de la carrera por la inteligencia artificial para los sectores más vulnerables de la región: la IA está en los centros de datos de las grandes empresas, pero su impacto en el mercado de componentes ya se siente en el bolsillo de quienes apenas pueden pagar un celular nuevo.